domingo, 26 de febrero de 2012

Desenmascarando el mito del Plan Colombia – Sobre como la repudiable guerra de EEUU contra las drogas no ha traído sino muerte y terror a Colombia


Algunos colombianos celebran hoy el anuncio de las FARC de liberar a todos los rehenes y dar por terminada la practica del secuestro, lo cual lo interpretan como un gesto concreto para iniciar negociaciones de paz con el gobierno de Santos.

Pero mas se demoraron en digerir completamente el anuncio de las FARC que el presidente Santos en salirles al paso declarando que “es un paso importante pero no suficiente”.  Traducción: no habrá paz ni justicia social hasta cuando él y los gobiernos que le sucedan hayan entregado la ultima gota de hidrocarburos, la ultima onza de recursos minerales, el ultimo metro de territorio,…. a los gobiernos y capitales extranjeros encabezados por los EEUU.

Lo cual también equivale a afirmar: no pararemos la guerra y el terrorismo de estado sino hasta cuando no hayan mas indígenas y campesinos que masacrar y desterrar de sus tierras; mas sindicalistas, disidentes políticos, defensores de derechos humanos y periodistas independientes que desaparecer y ejecutar extrajudicialmente; mas pobres que empobrecer aun mas…

Es decir, para Santos, para las oligarquías políticas y económicas que lo sostienen, y para las fuerzas extranjeras que lo protegen, la paz en Colombia solo será posible cuando ya no haya prácticamente ni país, ni nación, ni gente que oprimir y masacrar.  O tal vez si, cuando lo que quede sea un país desolado, donde solo habiten zombis……Y por supuesto, los victimarios que seguirán disfrutando de todas sus riquezas y totalmente impunes.

La guerra, las masacres, la muerte y el terror que el gobierno de Colombia, con total apoyo de EEUU, infringe sobre los colombianos, con el pretexto de la guerra contra las drogas, es precisamente el tema de un libro recientemente publicado por Monthly Review Press y cuyo mejor análisis y revisión los hizo un reconocido defensor de derechos humanos y laborales, el abogado estadounidense Daniel Kovalik, quien es además el abogado senior del Sindicato de Trabajadores del Industria de Acero de EEUU.

El articulo completo publicado originalmente en el portal de noticias Huffington Post lo reproducimos a continuación, traducido al Español:

La Guerra de Estados Unidos por las Drogas y  de Terror en Colombia
Por Dan Kovalik, Huffington Post
Publicado el 16 de Febrero, 2012
Acabo de tener el placer de leer un importante libro titulado, Cocaína, Escuadrones de Muerte y La Guerra Contra El Terror (El Imperialismo de EEUU y la lucha de Clases en Colombia). Los autores de este libro, que tomo diez años en publicarse, son Oliver Villar y Drew Cottle y es publicado por el Monthly Review. La premisa del libro es que a pesar de que Estados Unidos declara que su guerra en Colombia es contra las drogas, en realidad esta involucrado en una guerra contrainsurgente con los guerrilleros de las FARC – una guerra cuyo fin no es, para nada, erradicar el cultivo de coca ni la producción de cocaína en Colombia.
Por el contrario, los esfuerzos de guerra de Estados Unidos (los cuales han costado mas de 7.000 millones de dólares a los contribuyentes de EEUU desde el 2000) están diseñados para asegurar que sus aliados en Colombia—que son el estado Colombiano, los paramilitares y las elites pudientes que favorecen los intereses económicos de Estados Unidos y sus planes de explotar los extensos recursos de Colombia – sean capaces de monopolizar el trafico de drogas que es tan critico para su supervivencia.       
Esta tesis es muy bien expuesta en el preambulo de Peter Dale Scott:

La Agencia Central de Inteligencia (Central Intelligence Agency, CIA) puede (y en cierta forma lo hace) dirigir sus esfuerzos a la captura y eliminación de ciertos grandes traficantes Colombianos.  Esas capturas no han disminuido la actual entrada de cocaína a los Estados Unidos, por el contrario, alcanzo un nuevo récord en el 2000. Lo que han hecho es institucionalizar la relación de la aplicación de la ley a los carteles rivales y contribuir visiblemente con el aumento de la violencia de los carteles urbanos. El verdadero propósito de la mayoría de estas campañas, como el actual Plan Colombia, no ha sido el desesperado objetivo de la erradicación.  Este ha sido alterar la participación en el mercado: poner en la mira a enemigos específicos y así asegurar que el trafico de drogas se mantenga bajo el control de traficantes aliados con el aparato de seguridad del estado Colombiano y/o la CIA. Esto confirma que el análisis que hacia el Senador investigador Jack Blum hace una década en el sentido de que América, en lugar de dar la batalla contra la conspiración de narcóticos, de una manera sutil…… se ha convertido en parte de la conspiración.

Al comienzo estas declaraciones pueden parecer descabelladas, pero los autores colocan esto en contexto al recordarle al lector la historia de los esfuerzos por la guerra de los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial, muchas de las cuales han sido financiadas, al menos en parte, mediante alianzas con traficantes de drogas. La letanía de esto es una muy larga, el OSS (el predecesor de la CIA) que hizo un alianza estratégica con las mafias de Sicilia y Corsica después de la Segunda Guerra Mundial para prevenir posibles insurrecciones comunistas en Europa y para destruir sindicatos de izquierda; la CIA cuando ayudó a los Kuomintang con sus operaciones de tráfico de opio para financiar esfuerzos conjuntos anti-comunistas en Asia; el propio trafico de opio de la CIA en Laos, Burma y Tailandia para a ayudar a financiar los esfuerzos de contra-insurgencia en el Sudeste de Asia; el apoyo de la CIA a “los traficantes principales de opio en Afganistán, los rebeldes Muyahidines anti-comunistas en Afganistán” en sus acciones contra el gobierno pro-soviético en Afganistán, que finalmente conduce a que Afganistán se convierta en uno de los mayores proveedores de opio en el mundo (condición que se interrumpió brevemente solo cuando estuvo bajo el control de los talibanes); y la administración de Reagan que financió a los Contras de Nicaragua (aun después de que dicha financiación fuera declarada ilegal por el Congreso), entre otras cosas, por las operaciones de trafico de cocaína.
El libro cita el Programa de las Naciones Unidas para el Control de la Droga (United Nations Drug Control Program, UNDCP) el cual concluye que hoy “las instituciones mas grandes del comercio de cocaína en el mundo son los ejércitos de Burma, Pakistán, México, Perú y Colombia – “todos armados y entrenados por la inteligencia militar de Estados Unidos en nombre de los esfuerzos anti drogas.”  En el caso de Colombia, mientras que los Estados Unidos, para justificar su programa masivo de contra-insurgencia, señala a las FARC como “narco-terroristas”, este titulo es mas apropiado pero para el estado Colombiano y sus aliados paramilitares.
En efecto, el ex presidente Colombiano Álvaro Uribe, quien ha sido la persona favorita de las administraciones de Bush y Obama, la Agencia de Inteligencia de Defensa de los Estados Unidos lo ubicaba como el número “82 en la lista de los 104 mas importantes narco-traficantes contratados por los carteles de narcóticos colombianos…”
Como bien lo explica el libro, la propia agencia de lucha contra las Drogas de Estados Unidos (Drug Enforcement Agency, DEA) a concluido que “la participación de las FARC en el comercio de drogas se da principalmente a través de impuestos a la coca, lo cual no implica que la produzcan, ni participen en el trafico, ni en su transporte”.  Tal como lo menciona la UNDCP, algunos frentes de las FARC ni siquiera están involucrados en la imposición de impuestos a la coca, incluso otros frentes “hasta les piden a los agricultores que no siembren coca”. En términos de trafico real de narcóticos, son los amigos de Estados Unidos quienes en gran parte son los responsables del negocio. Por lo tanto, como el libro lo señala, citando el Consejo de Asuntos Hemisféricos, si bien “no hay evidencia de la participación de las FARC en el narcotráfico”, si hay en efecto “un extenso trafico de drogas hacia Estados Unidos por parte de grupos paramilitares en asocio con poderosos capos, las fuerzas armadas (financiadas por Estados Unidos), reconocidas figuras financieras y burócratas de alto nivel”.  No obstante, la guerra de Estados Unidos en Colombia esta dirigida a destruir a las FARC, y en la medida que esta orientada a la erradicación manual de cultivos de coca, esta erradicación se lleva a cabo casi exclusivamente en zonas que están bajo el control de las FARC, sin tocar a los mayores traficantes.
En cuanto a los escuadrones de la muerte de paramilitares, los cuales llevan a cabo la gran mayoría de sus actos terroristas contra objetivos civiles en Colombia, si bien Estados Unidos los ha designado ciertamente como “terroristas,” estos paramilitares son parte integral de sus esfuerzos para derrotar a la insurgencia guerrillera y a cualquier resistencia pacifica que atente contra los intereses del imperio de EEUU.
Apenas esta semana, el líder paramilitar Salvatore Mancuso, actualmente encarcelado, refiriéndose a la interconexión  de los paramilitares con el estado Colombiano, declaro: “ Nosotros [los paramilitares] nos comprometimos con las elecciones de senadores y representantes a la cámara, lo cual nos permitió tener tanto poder que hasta pudimos influenciar las elecciones presidenciales.. .. Todo esto [fue] con miras a ganar poder político en las regiones para consolidar nuestra posición como un estado de facto.”
Dado que los paramilitares se han convertido en el Estado Colombiano, Estados Unidos, que apoya ese estado, no solo tolera el trafico de drogas sino su terrorismo. Y que terrorismo el que es.
Citando a la periodista Colombiana de investigación Azalea Robles, el libro refiere además que 250,000 colombianos civiles han sido “desaparecidos” en las ultimas dos décadas en Colombia, haciendo ver pequeñas las “desapariciones” llevadas a cabo (por cierto también con el apoyo de EE.UU.) por las juntas fascistas de Argentina, Chile y Uruguay en los 70s.  Según Robles, estas desapariciones han sido “sistemáticamente reducidas” (es decir, ocultadas) mediante fosas comunes como la que fue descubierta en el Meta en el 2009, e incluso con hornos crematorios.
El asesinato y “desaparición” de tan inmenso numero de personas es un elemento esencial de la política de EE.UU.—famosamente usada en Vietnam, El Salvador y Guatemala– para “drenar el mar [la población civil] y así matar los peces [los insurgentes]” quienes representan un impedimento permanente frente a los planes de Estados Unidos de sobre explotar los recursos naturales de Colombia. Y la perspectiva de Estados Unidos es que, si esta política también nos obliga a colaborar e incluso a proteger las fuerzas que están profundamente involucradas en el comercio de la droga, pues eso también es aceptable.
En el entretanto, EE.UU. continúa llevando a cabo una política de dos caras en el interés de una "guerra contra las drogas y una guerra contra el terror".  Pero como el libro concluye correctamente, esa guerra es de hecho, "una guerra por las drogas y una guerra de terror."

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