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miércoles, 18 de junio de 2014

"Presidente habemus": mandato por la paz con injusticia social




José Antonio Gutiérrez D. (*) 

Articulo originalmente publicado en www.rebelion.org

Santos ha sido elegido nuevamente presidente de Colombia, con un 51% de los votos emitidos, en medio de una perenne crisis de legitimidad -la abstención nuevamente fue la ganadora, llegando al 52%, más 4% de voto en blanco. Más de la mitad del electorado no se acercó a las urnas pese al terrorismo histérico mediático, que de lado y lado describía panoramas apocalípticos después del 15 de Junio, o a las encuestas amañadas. El triunfo de Santos no debería sorprender a nadie: las elecciones no definen nada, sino que sancionan apenas, con un tenue barniz democrático, lo que ya estaba decidido. Con el respaldo del capital financiero, de los empresarios, de los EEUU y de la Unión Europea, era imposible que Santos perdiera. Como dijera el profesor Renán Vega en una entrevista “Las elecciones simplemente son como el cierre de esos proyectos en marcha que llevan mucho más tiempo de consolidación en el país en términos políticos” [1].

Aunque un sector de la izquierda quiera ver este resultado electoral como un voto por la paz, o más aun, como el equivalente colombiano a Stalingrado o al Día-D (dependiendo de su persuasión ideológica) en la derrota del “fascismo”, lo cierto es que tanto el aumento en la votación de Santos como una cierta baja del abstencionismo, tienen más que ver con la fuerza aplanadora de las maquinarias electorales, particularmente en la Costa caribe [2], incluidas la compra de votos a granel y la mermelada para todos los gustos. Aunque es discutible el peso de la izquierda en el resultado electoral (en ciertas zonas hubo claras transferencias, incluida Bogotá, no así en otras), lo cierto es que la izquierda tuvo un rol clave no en decidir las elecciones, sino en ayudar a lavar la imagen de Santos ante la opinión pública.

Santos inicia un nuevo período de gobierno en la misma crisis crónica de legitimidad del régimen colombiano, pero con una imagen fresca. Este triunfo electoral y todo el manejo propagandístico que se hizo en torno al “candidato de la paz”, han ayudado a disociar su imagen de los falsos positivos, del bombardeo a Ecuador, de su catastrófica gestión social anti-popular, de su ministerio de guerra y de su ministerio de palmicultura, de todos los engaños y promesas incumplidas al pueblo campesino, de los tratados de libre comercio, de la impunidad militar, de la ley de seguridad ciudadana y la criminalización de la protesta… se ha echado una buena cantidad de tierra sobre los muertos de estos cuatro años en que el pueblo no ha dejado de movilizarse y ¿los presos políticos?, muy bien gracias. Santos emerge de la contienda electoral, indudablemente, con una imagen renovada.

Pero importantes sectores de la izquierda hicieron un poco más que esto. Además, al personalizar –junto a los santistas- el proceso de paz en la figura del presidente, han ayudado a que la paz, originalmente una conquista del pueblo movilizado (y en últimas hasta un deber constitucional), pueda ser redefinida en este segundo período de gobierno en los términos de Santos. El presidente tiene las llaves de la paz, ahora sí, bien guardaditas en su bolsillo y no las compartirá con nadie, a menos que sea hacia la derecha. Ya los analistas van sacando sus conclusiones: Santos ha logrado un mandato para avanzar en el proceso de paz, pero tendrá que hacer concesiones al 46% de votos uribistas que ellos interpretan como más mano dura [3]. El mandato por la pax santista, ergo, incluirá bajar las “expectativas” a las FARC-EP y al ELN. Como dice el análisis de la Silla Vacía, el resultado electoral “quizás, ayude a focalizar la discusión en la mesa en lo posible, más que en lo deseable” [4]. O sea, pisar el acelerador para lograr, cuanto antes, la paz con injusticia social. El análisis de Semana es aún más claro al definir que la pax santista consistirá, sencillamente, en “llevar las conversaciones de La Habana y las que se hagan inicialmente en Ecuador, Brasil u otro país con el ELN a que esas dos guerrillas acepten desmovilizarse y desarmarse” [5]. La paz ha sido definitivamente divorciada de los cambios estructurales para superar las causas del conflicto; a lo mejor hay cambios que habrá que hacer, pero nada muy radical, aunque demagógicamente se invoquen “cambios profundos” que solamente pueden creer los más ingenuos [6]. En palabras del mismo artículo de Semana, “Santos no tiene, pues, carta blanca para negociar con las FARC. Las líneas rojas que su propio gobierno se trazó al emprender este camino han sido reforzadas y, si se quiere, reducidas por el resultado electoral”.

Santos logró algo histórico además en el plano político. Logró volver a recomponer el bipartidismo bajo los colores del uribismo y de su propia tolda. El término “oposición”, de hecho, ha sido apropiado –gracias a los manejos mediáticos y al encuadramiento electoral de la izquierda- por el uribismo, con quienes objetivamente, comparte más que lo que los divide. Santos es, sin dudas, un hábil jugador en medio de la debilidad estructural de su mandato. De hecho, debe ser en el mundo el único presidente de derecha, delfín de lo más granado de la odiada oligarquía, involucrado en groseras violaciones a los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad, que ha recibido un respaldo electoral importante por parte de la izquierda. En la práctica, Santos logró unir a la izquierda colombiana a un grado que no logró ni la candidatura de Clara López ni el paro agrario del 2014. Lo que demuestra lo astuta que es la oligarquía colombiana. Son unos berracos; no por nada llevan dos siglos en el poder, manejando uno de los Estados más reticentes a la reforma social.

¿Qué se viene ahora? Santos intentará consolidar su proyecto de la unidad nacional, conciliando con el uribismo, en torno al discurso de la paz minimalista en medio del recrudecimiento de la ofensiva. Recordemos que el mismo día que supuestamente se votaba guerra o paz, el gobierno se felicitaba por el presunto abatimiento de Román Ruiz, líder del Frente 18 de las FARC-EP (pese al cese al fuego unilateral), quien al final resultó no ser el muerto… o sea, otro falso positivo [7]. A la izquierda no tendrá que hacerle mayores concesiones porque no tiene capacidad de exigirlas. A algunos en la izquierda les tocará la mermelada (alcaldía de Bogotá), a otros con un plato de lentejas les bastará (por ejemplo, si les hacen la vista gorda ante casos de corrupción de ciertos familiares). Pero la mayoría tendrá que contentarse con las promesas de lentejas, porque las concesiones serán con la “oposición oficial” (uribismo). Lo que no impedirá que un sector se quede pegado con mermelada, lentejas y promesas, al “presidente de la paz”, secundando su mandato por la paz con la injusticia social con la esperanza de que el régimen sea un poco más “incluyente” (o sea, que los inviten a co-administrar los escalones más bajos del sistema que existe, abandonando toda ilusión de cambio social). Tal vez veremos más ritos indígenas de armonización, más treguas sindicales de 100 ó de 1000 días, y más dirigentes de izquierda diciendo que actualmente es inoportuno luchar, que no hay que desestabilizar, que hay que rodear la paz (o sea, rodear a Santos). El país político sesionando en pleno.

El voto táctico de la izquierda oculta en el fondo una derrota estratégica de ésta. Derrota que no es de las últimas dos semanas, sino que se arrastra de largo y que se ha expresado en su incapacidad de canalizar el descontento popular en un programa de lucha, en una renovación de la política y en deshacerse de los métodos de la política tradicional, metiéndole cuerpo al promisorio proyecto de unidad desde abajo que comenzó a forjarse en la Cumbre Agraria y Popular. Sólo tal vez así, se podrá llegar a más de la mitad del país que mira a la distancia, con asco e indiferencia, desde su pobreza y exclusión social, sin inmutarse, a ese país político ajeno. Lo único que podría inclinar la balanza hacia la paz con justicia social es la fuerza de la lucha popular, del pueblo organizado. Pero para ello hay que vencer los caudillismos y burocratismos de esa "ciudad letrada" que mira con desconfianza al bajo pueblo y a su iniciativa espontánea. Esa ciudad letrada que confía más en la negociación por arriba que en la capacidad de lucha de los de abajo. La izquierda oficial ha demostrado tener más capacidad para desmovilizar que para movilizar, más capacidad para elegir al mal menor que para ser alternativa política. Así las cosas, los dados parece que en este segundo período estarán inclinados hacia la paz en los términos de Santos. A menos que haya una asonada al interior de la izquierda que dé por el traste con los verticalismos, oportunismos, sectarismos, personalismos y todos los ismos que le impiden crecer y convertirse en alternativa política, no para el pueblo, sino que construida desde el pueblo. Si no, lo que nos espera, es el destino de ser Guatepeor: algo así como tener la violenta paz de Guatemala, pero elevada al cubo.


Notas:



[3] http://www.semana.com/opinion-online/articulo/hablarle-la-otra-mitad-por-jose-manuel-acevedo-m/392071-3 Digo “interpretan” porque ese 46% del voto no es más ideológico que el de Santos: también responde a maquinarias, mermelada, compra de votos, chocorazos y al sentimiento anti-santista. Pensar que el voto “uribista” es homogéneo es insostenible.



(*) José Antonio Gutiérrez D. es militante libertario residente en Irlanda, donde participa en los movimientos de solidaridad con América Latina y Colombia, colaborador de la revista CEPA (Colombia) y El Ciudadano (Chile), así como del sitio web internacional www.anarkismo.net. Autor de "Problemas e Possibilidades do Anarquismo" (en portugués, Faisca ed., 2011) y coordinador del libro "Orígenes Libertarios del Primero de Mayo en América Latina" (Quimantú ed. 2010) 

sábado, 31 de mayo de 2014

Dilema en elecciones presidenciales del 15 de Junio – Un monstruo de dos cabezas


Lamentable que la coyuntura electoral del momento no haya servido para que la mayoría del pueblo colombiano, y en especial aquellos que han estado en oposición a los tradicionales partidos políticos (incluidos sus montones de engendros), hicieran una reflexión sensata sobre el origen, naturaleza y evolución del conflicto interno colombiano.

Ante la disyuntiva que presentan las candidaturas entre las que se definirá la presidencia de la república el próximo 15 de Junio, la inmensa mayoría de quienes no están alineados (o alienados?) ideológicamente con los dos candidatos se enfrentan al dilema de si deben votar por la continuación de las negociaciones de paz con las FARC o por el recrudecimiento de la guerra.

El dilema pierde fuerza y sentido si se tuviera claridad sobre quien ha sido y sigue siendo el enemigo real del establecimiento durante el largo y crudo conflicto que ha azotado al país; y con base en esa claridad, identificar quien es realmente la contraparte en las negociaciones de paz que se desarrollan en La Habana.

Es un avance que en un importante sector de la opinión pública haya empezado a permear el reconocimiento de que el conflicto interno tiene sus orígenes en la injusticia social, la inequidad en la tenencia y propiedad de la tierra, la explotación despiadada de los recursos naturales en beneficio de intereses externos, y en la represión y violencia ejercida por el estado como mecanismo para contener y reprimir cualquier signo de levantamiento popular.

No obstante, lo que la inmensa mayoría de la sociedad civil ignora o no entiende a cabalidad es que la guerrilla surge de ese sector rural de población reprimida y explotada, en respuesta a la persecución, despojo, represión, e incluso asesinatos a que han sido víctimas por parte del aparato militar y paramilitar estatal operando al servicio de las clases dominantes.

La distorsión en la comprensión del origen y naturaleza del conflicto se debe a la maquinaria propagandística del establecimiento y sus medios serviles, la cual ha sido muy efectiva en su objetivo de vender a la guerrilla como el único enemigo del estado; y mas llanamente expuesto, como el enemigo del pueblo, de la paz y la democracia. Esa propaganda sumada a la propaganda aún más agresiva y sistemática de estigmatización y satanización de las guerrillas identificándolas como las únicas responsables de los crímenes y en general de la violencia que ha azotado al país durante los últimos 50 años, ha calado tanto que una gran parte de la sociedad civil repudia y odia a la guerrilla, incluso más que las clases dominantes que han sido también objetivo de sus ataques como quiera que son esas elites las que determinan como se alterna el poder y reparte el patrimonio nacional.

Tan efectiva ha sido la propaganda oficial, que el efecto distorsionador del conflicto y estigmatizador de la guerrilla no solo ha calado entre sectores de la sociedad civil de grandes centros urbanos que poco o nada han sido afectados por la guerra, sino entre sectores rurales que viven sumidos en la miseria, marginados y que hasta son victimas de la violencia estatal.

Ese acondicionamiento mental es lo que impide reconocer que las negociaciones de paz en curso no es un proceso entre el Estado y un grupo guerrillero, sino entre el Estado y el grueso del pueblo colombiano que histórica y sistemáticamente ha sido victimizado, despojado, violentado y excluido desde la misma época colonial. Con la mal llamada independencia lo único que cambio fue el origen de los que usurparon el poder; ya no eran designados por la corona española sino hijos de las elites criollas empoderadas políticamente y enriquecidas por sus  conexiones con los representantes de la corona.

Desde esta perspectiva, lo reconozcamos o no, o nos guste o no, las FARC son el interlocutor de esa gran mayoría del pueblo colombiano en las negociaciones que se adelantan en la Habana. Lo que se esta negociando no es la paz, la paz no se negocia, lo que se negocia son reformas políticas, económicas y sociales que den solución a las causas que originaron el conflicto y a las ramificaciones que han surgido durante los 50 años de guerra.





Los puntos de la agenda que se esta discutiendo en La Habana no cubrirán todas las reformas que se necesitan, pero si las que se acuerden se implementan, tal vez el fin de la confrontación armada sea el inicio de una etapa de vida en paz y con justicia social para todos los colombianos.

Así que el voto por Santos no es para re elegirlo como presidente sino para mantenerlo sentado en la mesa de negociaciones. Muchos tenemos muchas reservas sobre las verdaderas intenciones y motivaciones que tuvieron Santos y sus patrones locales y extranjeros para iniciar los diálogos, pero con una agenda que muestra avances en tres de los 5 puntos, con mas de dos años de negociaciones formales y con una comunidad internacional (no la misma de la que habla el gobierno de los EEUU) vigilante y esperando resultados, al gobierno de Santos le quedará muy difícil cambiar de curso o acudir a tácticas de terrorismo de estado para responsabilizar a las FARC y así justificar la cancelación de los diálogos.

No hay que pensar que votar por Santos es un acto de aprobación de sus políticas neoliberales depredadoras. El representa lo mas rancio de las oligarquías  y mafias políticas y empresariales que se han lucrado del conflicto; es el representante de los enemigos del pueblo colombiano, y por eso mismo es que debemos impedir que se levante de la mesa de negociaciones. Santos es el enemigo del pueblo mas prominente que ha aceptado sentarse a negociar y buscar salidas políticas al conflicto colombiano, de ahí el imperativo de impedir que se levante de la mesa de La Habana. Y eso solo es posible si continua como presidente.

Hagan la siguiente reflexión a la hora de decidir por quien votar el próximo 15 de Junio: el enemigo del pueblo colombiano es un monstruo que se ha mutado y hoy tiene dos cabezas; una que jala hacia una salida política del conflicto, y que hasta ahora se ha impuesto pues ya ha iniciado un proceso de diálogos;  y la otra, mas malévola y que se ha despertado con ocasión de las elecciones, que no solo quiere destruir todo lo que la otra cabeza ha logrado durante los dos años de negociaciones, sino escalar la guerra contra quienes el monstruo considera (en esto si coinciden las dos cabezas) son los enemigos del estado; léase, la mayoría del pueblo colombiano.

lunes, 26 de mayo de 2014

Elecciones 2014: Dilema de segunda vuelta no es entre guerra y paz sino entre rumbo definitivo al abismo y la última oportunidad de sobrevivencia

El proceso electoral colombiano y el triunfo del candidato del narcoparauribismo confirman lo que aquí se ha escrito en varias ocasiones. Que la inmensa mayoría, de la minoría de colombianos que votan, creen que el derecho de elegir a sus gobernantes es un ejercicio democrático genuino y que su voto realmente cuenta  a la hora de establecer las prioridades y sopesar los intereses colectivos una vez el elegido asume el poder.

A esa falsa premisa, hay que agregarle el hecho de que su decisión de por quién votar es en muchos casos forzada o inducida, influenciada por información tergiversada y manipulada que no coincide con la realidad, asi esa realidad la estén sufriendo, viendo en su cotidianidad. Los discursos triunfalistas no pueden alegar que sus electores votaron en conciencia si la información que les han suministrado y en la que basan su decisión es tergiversada, y en el peor y más común de los casos, opuesta totalmente a la verdad.
No de otra manera se explica que derechos humanos fundamentales como es el derecho a vivir en paz y dignamente, sea mezquinamente manipulado a tal punto que a millones de seres humanos les han inyectado la perversa idea de que la paz se logra ganando las guerras, esto es eliminando al “enemigo”.

En el caso colombiano la manipulación del derecho a vivir en paz ha superado los límites de la mezquindad humana. Asi es como se puede retratar lo que está sucediendo durante el proceso electoral en curso con miras a elegir al próximo presidente de Colombia. Con mayor o menor nivel de mezquindad, tanto la campaña del presidente candidato como la de su contendor han usado políticamente el derecho a vivir en paz que tienen todos los colombianos.

Los dos candidatos que quedan en la contienda electoral mienten cuando identifican solamente a la guerrilla como la causante de la violencia y miseria que azota al país. Los dos candidatos no solo encubren la violencia y el terror causado por el estado, sino el hecho incuestionable de que el origen y agudización de la miseria e injusticia social se deriva de las políticas económicas en favor de las elites locales y trasnacionales.

En ultimas, manipulan la información y juegan perversamente a la guerra contra la guerrilla para esconder el hecho de que el conflicto interno ha perdurado (o lo han hecho perdurar) por más de 50 años, simplemente porque la guerra no es contra un grupo de colombianos que decidió recurrir a las armas para defenderse de la violencia, el terrorismo y explotación estatal, sino contra todo el pueblo colombiano, como pretexto para, a través de la represión y violencia, mantenerlo a raya y asi asegurar que el control del poder estatal, la propiedad de las tierras y la explotación de sus recursos siga en manos de unos pocos privilegiados. 

No hay muchas diferencias en la manipulación perversa del conflicto entre las dos campañas presidenciales que se disputarán la presidencia el próximo 15 de Junio, pues al fin y al cabo los dos candidatos son fieles representantes de esas clases dominantes que buscan perpetuarse usando como pretexto precisamente la existencia del conflicto. El dilema de siempre de los colombianos:  votar por el menos peor o el menos dañino para el país.

No obstante, hay hechos reales como las negociaciones de paz que se desarrollan en La Habana que deberían considerarse a la hora de inclinarse por la re elección de Santos. No como una expresión de voto de confianza plena en sus reales intenciones en la mesa de negociaciones y en el proyecto de paz que tenga en mente, sino porque la dinámica y resultados parciales de las negociaciones, asi como la trascendencia que han tenido en el ámbito internacional, podrían influir para que en un segundo gobierno de Santos, los eventuales acuerdos que finalmente se plasmen en un documento se constituyan en el referente para el diseño de un pais mas justo, asi muchos de los cambios que resulten de las negociaciones no se puedan concretar en el inmediato plazo.

Quienes voten por Zuluaga no votarán por un proyecto alterno de paz como lo pretende vender su campaña. De hecho, lo que plantean no debe llamarse una propuesta alterna de negociaciones, pues no se puede hablar de “negociación” cuando lo que esperan es la rendición del enemigo; pero aun, cuando ese enemigo ha sido magnificado, usado perversamente y responsabilizado como el único causante de las desgracias del país.  Es una treta burda del narcoparauribismo pretender hacer creer que, aun en el evento de que las FARC acepten rendirse, entregar las armas y someterse a la justicia, el conflicto interno llegará a su fin y que todos los problemas sociales y económicos se solucionarán como por arte de magia. 
    
Es iluso pensar que aun con Santos se verán cambios significativos en la vida de la mayoría de colombianos, ni siquiera tal vez para quienes han sufrido directamente las consecuencias de la guerra, pero al menos, con un proceso de negociación política del conflicto en curso, persiste la esperanza de que en el corto plazo pueda haber un cese del asesinato de colombianos y que durante ese periodo nuevas fuerzas internas o fuerzas externas puedan coadyuvar a que el gobierno instituya unas mínimas reformas sociales y económicas, asi el modelo económico depredador y explotador continúe siendo el referente de las políticas macro.  

Nada de eso se vislumbra si el narcoparauribismo puro reasume el control del estado. La violencia y terror estatal se agudizarán desde el primer día de su narcogobierno. La “Colombia distinta” que promete el narcoparauribismo no puede entenderse sino como la culminación del proyecto de refundación de la patria, el cual se vio truncado tras el impedimento para la tercera re elección de Uribe. 

Esa Colombia distinta no está planteada pensando en el país como nación; ni siquiera pensando en los 3.5 millones de votantes que le permitirán volver al poder; de hecho solo una mínima fracción de esa masa de votantes será beneficiaria de ese proyecto guerrerista: los narco terratenientes que podrán recuperar y acumular ilegalmente más tierras, las mafias empresariales y financieras que ganan con cualquier candidato pues siempre le apuestan a todos los candidatos en contienda, los señores de la guerra (narcoparamilitares y altos mandos de las FFMM), y las mafias políticas en el congreso que aun habiendo apoyado a Santos, e incluso haber sido elegidos por la Unidad Nacional, estarán prestos a dar la voltereta y re acomodarse dentro del narcoparauribismo y asi garantizarle la mayoría aplastante que necesita para aprobar todos los proyectos de ley que presentará su presidente títere.   

Por fuera de la masa electoral también hay muchos buitres y halcones frotándose las manos y cruzando los dedos para que el narcoparauribismo retome el poder: los mercaderes de la muerte, léase los fabricantes de armas y equipos de guerra; los denominados inversionistas extranjeros que quieren más gabelas tributarias, garantías jurídicas e inmunidad para saquear los recursos; y por supuesto, el gobierno gringo que por ser el depositario del prontuario criminal de Uribe (y por ende su protector contra su enjuiciamiento), será quien realmente definirá las políticas económica, militar e internacional de su tercer mandato (más bases militares, rompimiento de relaciones con Venezuela, centro de operaciones para una eventual intervención militar contra Venezuela, más gabelas para sus multinacionales, incremento de la deuda,…)  

La gran mayoría de electores no escaparán a las persecuciones, desapariciones, desplazamiento, asesinatos selectivos y ejecuciones extrajudiciales que volverán a ser crimines de estado cotidianos, una vez retomado el poder. Sus victimarios no les preguntarán o pedirán prueba de que votaron por Uribe al momento de su ajusticiamiento.


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